Día 16 (Parte II) Visita a Banska Stiavnica. Que ver en Banska Stiavnica


Durante el regreso desde el mar de Orava no paró de diluviar. Antes de regresar a Nitra quedaba un punto que visitar, la ciudad minera de Banska Stiavnica.

Los puntos que visitar aquí son, el castillo situado en una colina en la parte superior de la ciudad, y la Plaza de la Santísima Trinidad en la que encontramos su correspondiente columna de la Peste.

Otras recomentaciones 
           

      Alrededor, nos encontramos el Ayuntamiento, y edificios renacentistas muestra de poderio económico de la ciudad en su día.

      En esta ciudad nos ocurrió algo curioso, lo primero, ver anunciado un espectáculo de flamenco en un pub. Y lo segundo, más curioso aún, que cuando estabamos hablando sobre lo insólito del acontecimiento, nos topamos con una chica eslovaca que residió en Barcelona y al encontrar españoles se emocionó ya que echaba de menos España.

      Entre la conversación una curiosidad. Esta chica vivía en una casa en el monte, pero le daba miedo hacer senderismo o ir a buscar setas por el miedo a encontrarse con osos.

      Durante nuestra estancia en Eslovaquia nunca encontramos a nadie que haya tenido encuentros con osos. Eso si, si que oimos algún caso de terceras personas.
      Este es un asunto que despertaba nuestro interés y que, cada vez que preguntabamos a algún eslovaco, le producía una sonrisa.

      Tras tomar café en uno de los mejores cafés de Eslovaquia, nos encontramos una tradición de allí. Un grupo de hombres vestidos para la ocasión cuyo último componente portaba un bidón con ruedas con vino remolcado por una cuerda.
      Por lo visto, este grupo visitaba todos los establecimientos de la ciudad. Y no, el bidón de vino no era para beberselo ahí, no. El vino era para beberlo entre el camino, entre local y local.

      En la vuelta a Nitra nos encontramos con dos cosas que mostraban la otra cara del país. Un poblado de gitanos por el que pasamos rápidamente en coche, pero que fue tiempo suficiente para ponerte los pelos de punta.
      Y otra fue, pasar por pueblos casi a oscuras en los que nuestro amigo Villa nos susurraba que esta era la realidad eslovaca.

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